dilluns, 27 de maig del 2013

EL ESTUPEFACTANTE CULITO

En mi anecdotario personal, nunca olvidaré ese miércoles que empezó de manera tal vulgar e insulsa como cualquier otro miércoles.
En mi trayecto laboral habitual suelo disfrutar diariamente de una hora de asueto en el transporte suburbano de nuestra gran ciudad. A veces tengo una suerte inmensa y puedo aposentar mis posaderas en un rígido asiente, pero ese, precisamente, no fue uno de esos días. Este medio de transporte también me proporciona unos placeres olfativos increíblemente variados y me facilita el goce de toda clase de temperaturas ambientales que siempre te dan argumentos para iniciar conversación con los compañeros del trabajo en el office, así como los placeres auditivos de escuchar todo un repertorio de toses y estornudos, algunos memorables e inolvidables, y otros discretos e impersonales. También, últimamente, hay muchos señores que sacan el polvo al acordeón y deleitan los oídos del personal con melodías estridentes y chirriantes que mis padres ya consideran caducas y que me impiden escuchar mi flamante mp3 con la sorprendente música que mi hija se empeña en meterle con la sana intención de modernizar mi ochentero gusto musical.
Así que, una vez transcurrida mi hora habitual de trayecto en ese entorno sin parangón, descendí del vagón y fui a coger las escaleras mecánicas de subida a la calle. Si, lo confieso, hago cola para coger las escaleras mecánicas aunque las escaleras tradicionales estén vacías: tengo poca fuerza de voluntad. Pues lo que decía: cogí las escaleras mecánicas y, al empezar la subida, mi cara quedó casi al nivel del trasero de la persona que me precedía: un culito maravilloso. Me quedé embobada contemplando ese culito portentoso, pequeño, bien hecho y enfundado en unos pantalones marrón claro de lino. Me sorprendí buscando la raya del calzoncillo, pero no la encontré, así que el culito estaba delante mío casi al natural. Luego miré el resto de humanidad que enmarcaba ese culito tan perfecto: una camiseta de manga corta azul marino, unos brazos fuertes y suavemente musculados, unos hombros anchos y un cráneo rapado. Todo él desprendía un olor a limpio y recién duchado. Volví a centrar mi vista en el culito y luego vi que bajaba de nivel ya que habíamos llegado al fin de la escalera mecánica.
El fascinante culito aceleró el paso, y seguí mirándolo desde lejos pero pronto lo perdí de vista al salir por las puertas canceladoras y mezclarse con más gente. En esa estación, antes de salir a la calle, viene un tramo largo de escaleras no mecánicas y por último otro tramo también muy largo de escaleras mecánicas. Así que en el siguiente tramo no mecánico me dediqué a esquivar un grupo de extranjeros que papaban moscas, que se paraban en medio de las escaleras, que giraban y modificaban el rumbo sin ton ni son y sin pensar que tienen gente detrás, así que conseguí, con gran esfuerzo, esquivarlos jugándome la vida y encauzarme hacia el último tramo de escaleras mecánicas que terminaban en la superficie, y la sorpresa fue que, al poner el pie en la escalera mecánica, me encontré de nuevo con ese culito celestial y divino delante de mis narices. No pude evitar sonreír tontamente al percatarme de que el destino me volvía a hacer ese regalo visual y volví a buscar la inexistente raya del calzoncillo y a fantasear con la posible consistencia y textura de tal maravilla de la naturaleza. Estaba yo con la sonrisa tonta todavía en la cara y los ojos abarcándolo en su totalidad, cuando el portento empezó a girarse lentamente. No me lo podía creer: estaba vivo y se movía, y cuando empecé a ver el principio de la cremallera entonces escuché una voz: “perrrrdone”…….
Ayyyyyyy, que el culito me hablaba!!!!!!  El culito estaba …. ¡vivo!.
En seguida, en un arranque de lucidez, recordé que un culito no podía hablar y levanté la vista hacia el dueño de ese culito alucinante que me estaba dirigiendo la palabra, preocupada por la posibilidad de que me preguntara el motivo de mi insistente inspección de sus posaderas…….
“perrrrdone,….  El pagque Welll, donde ir ??????”
Uffff, que alivio ver que no se había percatado de mi intromisión visual.
Y me lancé a darle indicaciones claras vocalizando lo mejor posible y acompañando la indicación verbal con unos amplios ademanes señalando la dirección solicitada. Todo ello acompañado de la mejor y más melosa de mis sonrisas mientras la escalera mecánica llegaba al final.
Me dio las “garrrasias” y, dándome la espalda, emprendió su camino. Mi destino me llevaba en dirección contraria y le eché una última mirada nostálgica de despedida a ese prodigio antes de dar media vuelta y seguir mi propio camino.
No dejé de sonreír en un buen rato, pues ese culito y lo cómico y tonto de la situación me habían dejado en un estado de nirvana tonto. Al llegar al trabajo, los compañeros también se percataron de mi sonrisa y me lo hicieron notar con alguna chanza.
¡¡¡Ponga un precioso culito en su vida!!

ESA AGRESIVIDAD TAN AGRESIVA....


Un día Laura me habló de Enrique, su nuevo novio, que lo estaba pasando muy mal porque en su trabajo le habían apercibido por sus malos resultados. Enrique es un comercial con casi 20 años de experiencia en casi todos los sectores: ha vendido de todo y, curiosamente, es el que más vende de su empresa pero también es al que más pedidos le anulan. Sólo con decirme esto, ya intuí por donde iban los tiros, así que le dije que un día sin avisar, enviara a Enrique a mi despacho para que intentara venderme lo que promocionaba en aquel momento (productos de farmacia).
Tres días después apareció Enrique en mi gabinete. Primero avasalló con una verborrea hueca a Jorge en recepción mientras preguntaba por mí, y consiguió que le acompañara a disgusto hasta mi despacho. Una vez entró, se presentó con todas sus credenciales y me tendió una mano que yo estreché casi con miedo pues ya sabía lo que me esperaba: me la estrujó literalmente. Iba impecablemente vestido con un traje sastre hecho a medida, zapatos refulgentes, enorme reloj de marca, portafolios de cuero, etc. En fin, que delante de mí se instaló un auténtico seductor sonriente que me miraba fijamente a los ojos. No le pude invitar a tomar asiento porque él ya lo había hecho, pero le invité amablemente a que me mostrara los productos de su catálogo. Durante un buen rato estuvimos hablando de las gamas de productos que ofrecía y que él consideraba que eran las mejores, me interesé por uno en concreto y me hizo una oferta si le hacía un pedido de 100 cajas como mínimo. Cuando decliné el pedido, se apresuró a mejorar la oferta en el precio, pero no en la cantidad. Volví a declinar y entonces me ofreció otro producto que seguro que se vendería solo en "mi farmacia", pero la cantidad mínima también eran 100 cajas. A pesar de que yo le sacaba "peros" a sus ofertas, él no perdía la sonrisa, pero sus ojos delataban que se estaba disgustando. Al final le hice un pedido de 100 cajas de 4 productos distintos.
Después de concretar el pedido ficticio, le dije que ya podía relajarse y escucharme sin interrumpirme (esto último se lo recalqué 3 veces). Enrique se lo tomó al pie de la letra y se relajó visiblemente aflojándose el nudo de la corbata, borrando la sonrisa de su cara y arrellanándose en el sillón mientras observaba por primera vez la decoración del despacho.
Le dije:
En cuando a tu aparición en la recepción, está muy bien que te muestres seguro de ti mismo, pero avasallar con verborrea no dice mucho en tu favor sobretodo cuando no permites que te den ninguna réplica. Eso hace poner en estado de alerta a las personas.
Has entrado en mi despacho por delante de mí, lo cual, además de ser de mala educación, se considera una intrusión aunque sea consentida. Tenías que pasar detrás de mí y no tomar asiento hasta que yo te lo indicara. Cuando te has presentado, me has pasado por la cara tu título universitario, que a mí, como posible cliente, no me importa en absoluto y me hace pensar que tú das por sentado que eres mejor que yo; si te llego a replicar que, por ejemplo, tengo 3 carreras y 2 másteres ¿qué hubieras dicho?. Mucho peor ha sido el estruje de manos, porque supongo que habrás oído el ruido de mis maltrechas falanges entrechocando entre ellas, y eso mientras sonreías mostrando absolutamente todas tus piezas dentales. Pero lo peor ha sido la mirada: me has mirado todo el rato fijamente a los ojos, sin tregua, y has conseguido que me sienta verdaderamente incómoda porque me estabas "invadiendo". ¿Qué pretendes con esa mirada tan fija en los ojos? ¿Intimidar o dar confianza? Puedes mirar a los ojos, pero sin detenerte demasiado en ellos. Para escuchar a alguien con atención puedes fijar tu mirada en su entrecejo, por ejemplo, así le miras a la cara pero no le "invades". También has de mirar a otros sitios de la estancia y tal vez interesarte por algo que te llame la atención, y así darás ocasión al posible cliente para que también te evalúe cuando no le mires.
A estas alturas se había creado un ambiente tan tenso que ya estaba deseando que te fueras.

Luego has pasado a mostrarme tu catálogo de productos, enfatizando los que tú creías mejores, pero en ningún momento me has preguntado por "mi" farmacia, ni por los productos que yo necesito. Tienes que intentar venderme algo que YO necesite, y en la cantidad que yo pueda ubicar o yo piense que puedo vender... ¿cómo has intentado venderme 100 frascos de loción anti piojos? ¿pretendes colapsar el almacén de mi pequeña farmacia para que no pueda comprar productos a la competencia? Antes de venderlos todos me habrán caducado y me ocuparan un espacio precioso para ubicar cosas que realmente sí necesito. Y si yo no quiero vender tiritas con aromas en mi farmacia, NO quiere decir NO, y tu insistencia en lo contrario es una falta de respeto. Adapta tus ofertas a mis necesidades y así tal vez me convierta en un cliente asiduo.
Cuando te decía que NO a alguna cosa que proponías, no tenías que seguir sonriendo tanto, porque no te das cuenta, pero tus ojos expresan contrariedad y te delatan y no hay nada tan absurdo como ver sonriendo a alguien que echa chispas por los ojos. El lenguaje corporal existe y es más importante de lo que te piensas. Si te digo NO a una oferta, piensa opciones o alternativas, y si no las hay no hace falta que pierdas el tiempo y pasa a otra cosa. Tu tiempo es tan importante como el mío.

Al final te he hecho un pedido, pero lo he hecho para acabar de una vez, y asegurándome de que en el albarán que me has dado estuviera el número de teléfono de tu empresa para llamar y anular el pedido. Sí, he comprado para que te fueras, porque ha sido una visita realmente desagradable. Tu agresividad innecesaria me ha hecho sentir muy incómoda y prefiero comprarle a un vendedor que me haga sentir más cómoda o que me haga sentir que le importa mi negocio.
Así que ya ves, Enrique, el porqué de todos los pedidos que te anulan.
Enrique estaba callado y no decía nada. Ahora era él el que no levantaba la vista. Luego de unos pocos minutos habló con voz afectada y me explicó que había hecho muchos cursillos de márqueting y técnicas de venta, y que siempre le habían dicho que tenía que ser más agresivo, y al menos durante un tiempo le había funcionado.
Los cursillos no son malos, pero hay que tener en cuenta que las situaciones siempre son distintas, los productos a vender son distintos, las personas son distintas.... hay que saber separar la paja del grano y quedarnos solamente con lo útil.
En los tiempos que corren no puedes tratar a un cliente como si fuera tu contrincante, tampoco como si fuera tu amigo, pero le puedes tratar como a un colega de trabajo: los colegas del trabajo se ayudan y ambos sacan beneficio.
Así que, vete a dar un paseo, a pensar y no te doy la mano porque aún me duele.